Le point de vue de Miguel Amoros (en castillan)

samedi 2 avril 2005
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LAS MEMORIAS DE ANTOINE GIMÉNEZ
“DEL AMOR, LA GUERRA Y LA REVOLUCIÓN.

Recuerdos de la Guerra de España : del 19 de julio de 1936 al 9 de febrero de 1936” traducción de Francisco Madrid y edición de Pepitas de Calabaza, Logroño, 2004.

La memoria sirve para algo más que para conectar con el pasado ; se necesita para dar sentido a las luchas del presente. Por eso no se limita a contribuir a la formación moral de los rebeldes ; es ante todo un arma y como tal tiene valor estratégico. La importancia de testimonios como el de Giménez es ahora mayor por cuanto que la industria cultural bloqueó el mecanismo de transmisión de la memoria y degradó la subjetividad hasta el punto de hacerla impermeable al recuerdo. El ejemplo de un comportamiento irreductible es un precioso auxilio para recomponer aquel mecanismo a fin de dar contenido al malestar social, plasmando de nuevo sobre bases históricas el ideal de la disolución de todos los poderes separados, es decir, el ideal de la libertad y del fin de la opresión. Giménez, quien jamás dio por perdidos sus ideales, ganó a fin de cuentas su batalla particular y revive la victoria en sus memorias, intensas y vitales.

No estamos ante una de esas vidas espectáculo, repleta de valores recuperables para el orden dominante. El anarquismo de Giménez, hecho de vivencias, preludia una revolución, no una democracia burguesa. Relato en primera persona, sencillo y prolijo en detalles, hecho sin pretensiones, no impelido por la necesidad de justificarse. No esconde nada, porque no hay nada que esconder, ni siquiera hay que leer entre líneas. Giménez no busca que le juzguen ni pretende pasar a la historia. Simplemente cuenta su vida, transparente, vivida con ideales. Hasta 1936 se había preocupado de cómo destruir la sociedad ; nunca había tratado de construir una nueva. En Pina de Ebro esa perspectiva cambia. En la Columna Durruti actúa, piensa, discute, entabla amistades, dispara, toma decisiones, ama, trabaja en la colectividad. Todo al mismo tiempo. Eso parece ser la revolución, una pasión desbordante por todo, un todo pasional. A juzgar por sus proezas amatorias, amor y revolución son interdependientes, se alimentan mutuamente. En las trincheras, en las reuniones de centuria, en las barcazas, en los cobertizos, en el campo, se estructura la sociedad libertaria. El anarquismo de Giménez es la sustancia de un movimiento revolucionario que se dirige hacia la libertad absoluta del ser humano, no sucede como ahora que, reducidos los hombres a engranajes de la maquinaria social y aprisionados sus deseos, lo libertario no es más que un producto del mercado de la emoción, como lo erótico y lo lúdico. Para Giménezanarquía y autonomía individual son lo mismo :“ser anarquista significa saber exactamente dónde terminan mis derechos y cuáles son mis obligaciones, sin que nadie se atribuya la prerrogativa de decirme, en el nombre de lo que sea, lo que he de hacer y lo que no.”

El orden se resiste a morir. Aunque Giménez no cuestiona las decisiones de los representantes del movimiento libertario no puede evitar la decepción ante la participación de la CNT en el gobierno y más todavía ante la militarización, aceptada rechinando los dientes. Será la muerte de la iniciativa miliciana, el triunfo de la disciplina cuartelera y del desprecio por la vida de los inútiles ataques en masa. Aun así se resiste a abandonar sus normas para integrarse en el ejército. Un primer viaje a Barcelona donde conoce a Berneri y simpatiza con él le convence de que la revolución retrocede a marchas forzadas. La retaguardia le fatiga ; pocos viven por las ideas. Llegan las Jornadas de Mayo del 37 y la sensación de perder la revolución se hace patente. Berneri es asesinado. Los discursos apaciguadores de Federica Montseny y de García Oliver causan más daño que las balas : desmoralizan a los combatientes. Con todo decide combatir hasta el fin, aunque sea inútil. Ve caer a sus amigos más cercanos pero no desfallece. Lee, expone sus ideas y les concede una importancia relevante porque los recuerdos “no son solamente los hechos materiales, los combates o las aventuras, sino también los motivos, más o menos conscientes, que nos impulsan a actuar.” Es desmovilizado en octubre del 38 y regresa a Barcelona, una ciudad desesperada, vencida, donde los burócratas de todas las organizaciones se disputaban el poder mientras que la policía daba caza a los últimos revolucionarios. En febrero de 1939 cruza por última vez la frontera española.

Sin embargo la derrota de la revolución no aniquila a Giménez, que hasta sus postreros días siguió creyendo que sólo una sociedad libertaria podría salvar a la Humanidad y al mundo de la barbarie. El verano de la anarquía fue larguísimo en su ánimo. No cedió nunca en sus aspiraciones, por eso no murió del todo. Sólo el que se declara vencido perece.

Miguel Amorós, marzo de 2005.